2012. Sin duda, un año para olvidar. Se puede resumir en una sola palabra: despedidas.
Y
es que.. odio tremendamente despedirme de alguien.
He tenido
que despedirme de mi perra, Lara. 14 años en los que he podido
disfrutar de su compañía y cariño.
De mi carrera de
Magisterio. No estaba en mis planes esta despedida, pero las cosas se
torcieron y tuvo que ser así. De ella me llevo muchísimas
experiencias buenas. Gente encantadora ( sobre todo a una en
concreto), momentos de risas, de agobios..
De una persona que
supuestamente me quería. Que apareció en el momento adecuado, que
tenía las palabras adecuadas. Alguien por quien aposté. Alguien
que, lamentablemente no fue como yo creía. Que pasó por mi vida de
forma efímera y sin dejar huella.
Y a ella. La persona que
me dio la vida. La que estuvo ( y estará, de alguna manera) conmigo
siempre. En lo bueno y en lo malo.
Un año, en el que las
risas auténticas han dado paso a lágrimas, malestar, soledad y
ganas de.. No, en realidad, ganas de nada.
Hoy he salido de
la cama llorando. Pero eh, por primera vez en mucho tiempo, han sido
lágrimas de felicidad.
Hoy he recibido un paquete. En él,
dos peluches de ojazos enormes. Dos farolillos ( quien me conozca
mínimamente, sabe que con esto ya me han ganado), y dos cartas.
En
una, me animan a “tirar pa´lante”. A quedarme con lo bueno, a
vivir y disfrutar. Y una petición: uno de los farolillos tengo que
guardarlo para cuando vaya a Poznań . Y eso haré. Te prometo que cuando
vaya.. uno de ellos será el tuyo :)
En la segunda, me encuentro con un precioso dibujo de un
conejito, y un consejo: “haz como ese dibujo, y pinta cada día una
sonrisa en tu cara. Nada ni nadie se merece que estés mal. Y quien
no sepa apreciarte, que se vaya”.
Gracias, de verdad..
muchísimas gracias de corazón a los dos. Sois unas personas
demasiado fantásticas, y encontrar a alguien así, hoy en día, se
puede considerar un auténtico milagro.
En semana santa podremos vernos, y os
podré dar ese abrazo ( mejor en plural, ¿no?) que tantas ganas
tengo, y que os merecéis.
Gracias por dar luz a mi vida.
Gracias por este dulce despertar que me habéis regalado hoy. Y
sobre todo... gracias por permitirme entrar en vuestras vidas. Os
quiero muchísimo, Miriam, Sergio ^^.
Todo empieza con el click de tu cámara y un fugaz flash que lo ciega
todo. El instante en que detienes el tiempo para capturar eternamente
el momento más bello. Acabas de hacer una fotografía. De repente, te
reconozco.
He empezado la mañana comprando el periódico, como
siempre, para que pueda leerlo mi padre, y antes de volver a casa hoy,
he decidido ir al parque. En el pasado venía a menudo con mis amigos. Ya
no. Ahora voy solo. Necesito airearme cuando las cosas no me van bien, y
ha sido una semana para olvidar.
Últimamente todo me sale mal,
pero siempre está ahí el parque. Es mi rincón favorito de Madrid. Me
hechiza y no puedo evitarlo, es casi una obligación estar aquí, pero
vengo menos que antes. Los tiempos cambian.
Te has cruzado conmigo
hace un rato, buscando algo para inmortalizar. Ni me has mirado. He
pensado que te había visto antes, sin saber cuándo ni cómo, pero no le
he dado importancia. Ahora, de repente, casi sin querer, soy testigo del
momento mágico, y sé quién eres.
El dichoso flash despierta mis
recuerdos. Estás cerca, te miro fijamente, pero sigues concentrada en tu
objetivo. Han pasado un par de años, pero eres tú. No hay duda. Hay
cosas que no cambian. Siempre esa cámara a cuestas, tu seña de
identidad, y tú, a punto para usarla.
Recuerdo haberte visto tiempo
atrás, aquí mismo. Siempre cámara en mano. Apenas eras una adolescente
pero ya llamabas la atención. Yo iba con mis amigos, y solía verte yendo
de un lado a otro, ilusionada con tu afición, siempre sonriente. Te
veía con curiosidad, y hasta podría asegurar que estoy en alguna de las
instantáneas que hacías en aquellos tiempos. Muchas semanas nuestros
caminos se cruzaban, pero nunca pararon en el mismo momento.
Con
el tiempo dejé de venir, me centré en los estudios y apenas dispuse de
tiempo libre, y el que tuve ya no lo pasé aquí. Fui olvidando los
momentos que había vivido en el parque, pero nunca pude olvidarte del
todo. Siempre fuiste aquella joven que disfrutaba de su libertad.
Ahora
vuelvo a estar aquí, recuperando el tiempo perdido. Me arrepiento de no
haberle sido más fiel al parque. Mi parque, nuestro parque. El de
siempre. Sigue conservando su encanto aunque el tiempo no perdona.
Decido
sentarme en un banco y cojo el periódico mientras contemplo tus
movimientos. Ojeo los titulares, sin leer absolutamente nada, ahora no
me importa. De repente pasas por delante, apresurada. Te sigo con la
mirada. En mis recuerdos ya luces esa larga melena rubia, tu otro gran
distintivo, sin embargo, lo que hoy me llama más la atención son esos
ojos, brillantes, llenos de vitalidad, y tu sonrisa, algo fría. Me
hipnotizan.
Sigues con tu pasión, nada más importa ahora. Buscas
los instantes más bellos para convertirlos en inmortalidad. Seguro que
lo consigues a menudo. No estás lejos, en tu foto puedo ser una sombra
lejana.
Te admiro en silencio, para no distraer tu atención. La
fugacidad de los instantes mágicos que capturas con tu máquina requiere
no alterar tu concentración. Apuntas, disparas. Analizas el resultado,
con seriedad. En la distancia, asumo que piensas algo así como: "no está
mal, pero la próxima será mejor". Tu reacción me lo confirma. Fijas
otra vez tu mirada en el ambiente, buscando otro objetivo. Te relajas.
Has visto algo.
Apuntas otra vez. Disparas convencida. Esta vez sí. El
resultado te gusta. La mañana ha valido la pena.
Satisfecha,
decides tomarte un descanso. Paseas por el parque, hasta saludas a
alguien que te debe conocer. Es en esos momentos, totalmente alejados de
cualquier inquietud artística, cuando se aprecia mejor tu naturalidad.
El trato amable con la gente, esa sonrisa complaciente, los gestos
nerviosos... desprendes inseguridad, pero no te escondes. Tu magnetismo
es apabullante, y tu vitalidad es contagiosa. Te recuerdo así, y así
sigues.
Pasan los minutos y me despisto entre mis pensamientos. Te
pierdo de vista. Fruto del nerviosismo, aparecen todos mis tics.Te
veo... ¿ o no eres tú? ¡ no puede ser! Estás a mi derecha... pero
también a mi izquierda, y a la vez sentada en el césped. En todas las
mujeres que se acercan te veo a ti. Los rasgos finos, el pelo rubio, la
voz melosa. Siempre eres tú. Ahora sólo soy una marioneta de mis propios
sentimientos , que me bloquean por completo.
Respiro hondo, me
calmo. Todo vuelve a la normalidad, pero sigo sin verte. Decido que mi
mañana está acabando, y guardo las cosas para irme... hasta que te veo
aparecer. Esta vez sí, de verdad eres tú. Te observo desde la lejanía,
pero te acercas. Tengo el tiempo suficiente para volver a abrir con
prisas el periódico y desvío la mirada, por si acaso. Te sientas, en mi
mismo banco, como si el azar me quisiera brindar una oportunidad.
El
tiempo se para en ese instante en que noto que me miras. Intento seguir
a lo mío, pero te oigo reír, levemente. No lo entiendo... ¿Pero qué
estoy haciendo? ¡Tengo el periódico al revés!. Rectifico como puedo,
pero si es verdad eso de que las primeras impresiones son las que
cuentan... no se puede empezar peor.
Ahora debo actuar antes de
que sea demasiado tarde. Te miro de reojo. Pareces tensa, como si
tuviera que pasar algo. Entre mis dudas veo que tienes los auriculares
puestos. Seguramente los has tenido desde que te has sentado. Hasta
suena una canción que puedo reconocer. Te debe gustar, le has subido el
volumen y mueves los pies suavemente, para no llamar la antención, pero
es indudable que estás siguiendo el ritmo. Esa canción dice aquello de "
you´re so fucking special", y la verdad, no sabes la razón que llega a
tener.
De pronto te suena el móvil y paras la música.
Al
poco rato cuelgas, y todo ha cambiado. Tu expresión se vuelve lacónica.
Te quitas los auriculares y te centras en la cámara. Revisas las fotos
guardadas y me fijo en que todas pertenecen a este parque.
Lentamente,
de tus ojos brotan sendas lágrimas que caen hacia tus mejillas. Ni te
inmutas, pero reacciono y te ofrezco un pañuelo. Lo aceptas tímidamente y
apenas eres capaz de balbucear un "gracias" mientras te secas ambas
mejillas.
No te quitas el pañuelo de la cara mientras sigues
observando las fotos. De repente, empiezas a llorar desconsolada. Soy
incapaz de dejarte así, pero tampoco sé cómo actuar. Casi tartamudeando,
y sin saber qué decir, articulo algunas palabras:
-¿Te puedo ayudar en algo?
-No, ya está.
Cuando
te noto menos afectada, decido mostrarte mi admiración por las fotos
que he visto, y entonces te veo sonreír. Te disculpas por las lágrimas
de antes, y me cuentas que le tienes un cariño especial al parque. Todas
las fotos reflejan recuerdos que quieres conservar.
Me invitas a
repasar algunas de las que has realizado últimamente. Me doy cuenta que,
pese a que prefieres los elementos naturales, aparecen también algunas
personas anónimas. Con todo, en las fotos no parecen lo que son. En
ellas veo almas desnudas por el ojetivo. No dejas nada al azar, sólo
hay expresividad y emoción. Es fascinante.
El tiempo se echa encima, y me dices que deberías ir volviendo a casa, justo ahora que empiezo a sentirme cómodo a tu lado.
-Por cierto... no me has dicho tu nombre.
-Eso puede esperar
Y te alejas sonriendo.
Pasan
las semanas. Y sin quererlo, sigues en mi cabeza. Mentiría si no dijera
que de vez en cuando he pasado por ese parque, atento a ver si veía a
la chica de la cámara. Pero eso no ocurrió hasta más adelante.
Me
siento y me relajo escuchando música, totalmente ajeno a lo que me
rodea. Pasan las horas y en el reproductor empieza a sonar "Creep", esa
canción que inevitablemente me recuerda a ti.
Y de repente,
ocurre. Me deslumbra un flash. No necesito ver nada, sé qué ha pasado.
Aún medio cegado, intuyo una silueta acercándose:
-Marta. Me llamo Marta. Creo que... después de haberte cegado con esto, te has ganado el saber mi nombre. --------------------------------------------------------------------------
By César =)
viernes, 16 de noviembre de 2012
No importa lo mucho que juntemos los dedos. Todos sabemos que es inevitable. Al final el agua siempre encuentra la manera de escapar, y sólo la humedad de nuestras manos nos recuerda que una vez estuvo allí.
Algo así debe ser la felicidad. Momentos fugaces que aparecen y desaparecen de nuestras vidas - aunque intentemos retenerlos - pero que siempre dejan una estela.